No sé si es un fábula sin moraleja para adultos desquiciados o un original experimento fílmico. Me debato entre calificar su estructura como brillante o confusa, y su narración como delirante o absurda.
Sí puedo afirmar que es ambigua, atrevida, turbia, pesimista... en cualquier caso una película atípica, tan difícil de clasificar como de recomendar. Vedla por vosotros mismos, yo no pienso repetir.
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Por lo general, como historiador adquieres una deformación profesional que te obliga a contrastar constantemente -y de manera involuntaria- las ambientaciones y los datos de la narrativa, las series o las películas situadas en otros periodos históricos. Y esa misma deformación que, por ejemplo, hace que se te caiga de las manos El Código da Vinci a la primera de cambio (por poner un ejemplo de inexactitud extrema), es la que engancha irremediablemente a Roma.
Roma es una lección brillante y asequible de Historia, pero también es un hito del entretenimiento televisivo. Un trabajo de guión perfecto, un ejercicio de equilibrio exquisito entre ficción y documental, y el logro de una fidelidad estética e histórica increíble hacen perdonar sin reservas que la segunda temporada sea ligeramente más floja. Imprescindible.
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Cualquier típico nerd de instituto reflejado anteriormente en el cine comercial estadounidense podría parecer el novio de la capitana de las animadoras al lado del protagonista de Napoleon Dynamite.
La película -de desarrollo algo lento- es una vuelta de tuerca que combina el más marciano de los cines de freaks con las comedias de instituto americanas, retratando personajes tan extremadamente inadaptados como entrañables. Pienso que merece un intento de visionado solo por lo arriesgado de la propuesta, pero que no creo que pueda cuajar para la mayoría del público.
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No tengo ni idea de por qué tengo una absoluta fascinación por las pelis, las series y los libros de adolescentes, especialmente cuando la mayoría de las pelis, las series y los libros "sobre" adolescentes son también subproductos "para" adolescentes. Y probablemente sea por excepciones como Adventureland, que retrata perfectamente la magia de esa que parece una etapa de mierda y que sin embargo ya empiezas a echar de menos el mismo momento en el que la superas.
Adventureland es el reflejo de esos veranos que todos tuvimos. De una época en la que besas como si tuvieras veneno en el estómago, te enamoras mordiendo directamente el corazón y te equivocas por tratar de comerte el mundo a toda prisa con el pánico a que te engulla la maquinaria adulta antes de que te haya dado tiempo a hacerlo; ese momento en el que las letras de las canciones te sacuden en el centro de la razón y te alimentan las ganas de liderar una revolución, y en el que conseguir pertenecer a algo o a alguien te parece paradójicamente imprescindible para ser tú mismo.
Kristen Stewart consigue despegarse la pátina de sosería que lleva encima en la saga Crepúsculo, y Jesse Eisenberg destrona Michael Cera el puesto del perfecto pringado en el hombro del que todas hubiéramos querido llorar la ruptura con un "chico malo" antes de arrebatarle la virginidad con más cariño que lujuria. La banda sonora es sencillamente genial y la ambientación en los 80 -aunque perfecta- es completamente irrelevante en la historia, pero contribuye a enganchar a una generación que vimos avanzar todo a nuestro alrededor tan rápido que comenzamos a sentir lo que era la nostalgia antes de los 25.
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